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Los barrios de moda en LONDRES El actual, el pasado… ¿y el futuro?

Los barrios de moda en LONDRES El actual, el pasado… ¿y el futuro?

13 de mayo de 2015
  • Mezcla de tradición y nuevas tendencias, de negocios de barrio y originales cafés, tiendas orgánicas, talleres de arte, galerías independientes y clubes, Dalston es el barrio de moda de Londres, el sitio cool al este de la ciudad que ocupó el lugar que hasta hace una década ostentaba Shoreditch. Este es un recorrido por el rincón que todavía la lleva en la capital inglesa. Todavía. Y después, ¿qué?

Fuente: El Mercurio

Los barrios de moda en LONDRES El actual, el pasado… ¿y el futuro?

Cuatro libras, poco menos de cuatro lucas, por una pint de cerveza Foundation Bitter de East London Brewery parecía una contribución razonable al Dalston Eastern Curve Garden, a cambio de un asiento donde guarecerme de la lluvia escuálida que empezaba a caer.

Adentro, un grupo de percusionistas marcaba un ritmo con la cadencia propia de gente que se conoce hace mucho y que lleva tiempo encontrándose a improvisar. La música, un ritmo tibiecito de tambores y bongós que hacía que el cuerpo de los clientes se balanceara con mayor o menor intensidad, parecía el sonido de otra parte. De otro lugar del mundo, más cálido y brillante y luminoso que el de este hoy gris y frío pedazo del este de Londres llamado Dalston: el barrio al que -haciendo un recuento rápido- medios tan distintos como Vogue, The Guardian, Traveler.es y Vice, en distintos momentos, pero todos dentro de los últimos cinco años, han llamado “el barrio de moda” hoy en Londres.

Llevaba ya un buen rato siguiendo pistas y datos seguros que tenía sobre Dalston, pero a este jardín llegué como se llega a las buenas cosas: por pura casualidad.

En realidad, quería conocer otro sitio, FARM:shop (ver recuadro con direcciones), un café-restaurante que era como un resumen del espíritu del barrio: un pequeño salón rodeado de maceteros-invernaderos y acuarios que a su vez era un huerto orgánico urbano. Pero cuando fui estaba cerrado, así es que caminé de vuelta en busca de la avenida principal del barrio, Kingsland Road. Allí me cortó el camino un enorme y colorido mural lleno de músicos en trajes carnavalescos en primer plano. Era el Hackney Peace Carnival Mural, un diseño del muralista Ray Walker que recordaba un carnaval por la paz del mundo que se celebró en el barrio, en 1983.

El mural lucía tan festivo y musical que casi parecía que el tamborileo que escuchaba venía de los músicos pintados en la enorme pared al costado de un edificio. En realidad, venía del Eastern Curve Garden, que tenía ese nombre porque se trataba de un jardín: detrás del edificio del mural y rodeado de otras construcciones, lo que podría haber sido un pequeño sitio eriazo operaba como un cuidadosamente planeado jardín, con una pérgola central, dibujos pintados en la pared de ladrillo de un costado, y el sector del restaurante-café, con sillones y mesas de madera, todo bajo un entarimado también de madera que le daba al conjunto el aire de una relajada terraza que merecía más sol del que había.

“Curioso”, me dijo Josh Dalston (en realidad era su apellido: se llamaba igual que el barrio), un vecino que estaba allí para postularse como voluntario al Garden. El Eastern Curve también es un proyecto comunitario, donde un día pueden enseñar a los vecinos cómo hacer compost y al siguiente, a crear huertas orgánicas.

Josh se refería, me explicó, a que era curiosa tanta fascinación en Dalston por los cultivos, porque este barrio había nacido, hace siglos, justamente como una zona agrícola dedicada a abastecer al centro de Londres.

Mientras decía eso, apuré la cerveza porque eso de Dalston como un viejo centro agrícola tenía, cerca de aquí, otra manifestación moderna que quería ver.

Muy cerca de Eastern Curve Garden, casi a la vuelta de la esquina por la calle Ashwin, había una ex fábrica apenas identificada en el frontis con unas letras enormes que decían “Reeves& Sons Ltd.”, y donde en el primer piso ahora funcionaba The Print House Gallery. En el resto del edificio había talleres y espacios disponibles para creativos en busca de uno a un precio razonable, pero lo más interesante del lugar estaba a metros del suelo, en la azotea: el Dalston Roof Park, una especie de jardín al aire libre donde se hacen eventos y a veces hay películas y fiestas.

Al lado de The Print House estaba Oto, café y bar respecto del cual The Guardian se preguntaba por qué este era el sitio más “cool” de Londres, y para responder a eso hablaba de su sala donde a veces hay presentaciones en vivo (y por donde pasan desde músicos experimentales y emergentes hasta consagrados como Sonic Youth).

Esta parecía una buena cuadra para quedarse un rato, así que, aprovechando un momento extraño en este Londres de comienzos de primavera, me instalé en una de las mesas del Oto a revisar su cartelera (había shows de jazz, presentaciones de libro, películas), a mirar a la gente y a disfrutar un café intensamente amargo, mientras verificaba apuntes y decidía por dónde seguir.

EL PASADO
Una de las frases más comunes en torno a Dalston es que este barrio es como era Shoreditch hace diez años o más: una zona de grandes espacios, galpones, ex fábricas, edificios con arriendos baratos, casas viejas, negocios antiguos, activas comunidades de inmigrantes y bajo costo de vida; donde los artistas e intelectuales y estudiantes que ya no podían pagar los arriendos podían refugiarse. Shoreditch fue su refugio, y ahora Dalston, inmediatamente al sur, acogía a muchos de los que ya no se podían permitir seguir viviendo en ese sector.

La misma historia, pero varios años antes, se vivió en Shoreditch, que todavía sigue siendo un barrio entretenido, lleno de emprendimientos novedosos, de restaurantes alternativos, cafés onderos, galerías, pastelerías con toques de diseño, pero que ahora recibe cada vez más turistas con guías de viaje en la mano.

La tarde anterior, a la salida del metro, había visto la última edición del Evening Standard Magazine, que traía en portada una calavera con larga barba cuidadosamente recortada. El titular decía algo así como “La muerte de los hipsters”, y se preguntaba por qué Londres había decidido superar esa tendencia. Dentro, la nota de Richard Godwin se cuestionaba quién había mandado definitivamente al cielo de las tendencias a esta tribu urbana. Y uno de los posibles culpables era precisamente este barrio, Shoreditch, que cada vez se llenaba más de conocidos londinenses del Oeste que caían rendidos al estilo un poco despeinado del Este. El broche de oro, decía la revista, lo había puesto el príncipe Harry, quien hace unos años se dejó ver en una fiesta en una vieja bodega de Bethnal Green Road, una calle cerca del corazón de Shoreditch.

A Dalston todavía no llega la aristocracia. Pero no hay que ser adivino.

VUELTA AL PRESENTE
La cajera del HarvestE8 salta con sorprendente agilidad de su puesto cuando se da cuenta de que estoy tomando fotos dentro de este local que es difícil resumir en una palabra: es café, pastelería vegana y libre de gluten, minimercado de productos orgánicos, verdulería y símbolo del estilo actual de Dalston, en su avenida principal.

Abierto en marzo de 2013, el local, especialmente el sector del café, está repleto de los nuevos vecinos del barrio, la mayoría armado de macbooks o bolsas reciclables para cargar sus compras. Y como ha sido un éxito desde que comenzó a operar, se entiende la sensibilidad de la cajera ante las cámaras fotográficas: ahora tiene casi tantos mirones como clientes.

HarvestE8 está en el corazón de varios de los proyectos más atractivos del barrio. Casi al frente está Dalston Superstore, uno de los clubes con más historia en el barrio. Aunque a esta hora de la tarde luce simplemente como un tranquilo bar, un poco colorinche con su iluminación cargada al violeta, donde los clientes parecen más afanados en sus macbooks que en los tragos.

Cafés y tiendas que siguen más o menos la misma línea se repiten a cada cuadra. En rigor, varias veces en la misma cuadra: cerca de Superstore hay un café bar-mexicano con un mural parecido al revolucionario Emiliano Zapata, y por la vereda del frente, un bar cubano y tiendas de diseño o moda vintage. Aunque lo mejor está un poco más lejos, un local que se llama Beyond Retro, un galpón lleno de ropa reciclada, zapatillas fuera de stock y botas vaqueras, y que tiene, como todo local que se precie en Dalston, su propio café al lado.

Toda esta historia de innovadores se matiza con algunos hitos clásicos renovados, como el imponente Rio Cinema, de estampa clásica en una esquina y cartelera llena de filmes independientes (para los próximos días tiene agendadas funciones de No, la película del chileno Pablo Larraín). Figura en la lista de mejores cines independientes del 2014, de la revista Time Out London.

Desde el Rio Cinema crucé la calle y unos minutos después ya estaba instalado en una de las mesas de Nando’s, la versión dalstoneana de un local de comida rápida. Se ordena en un mesón, la comida la llevan a la mesa y los platos son de inspiración afroportuguesa y sudamericana, con toques especialmente imperdibles como su nata, notable para el postre, y sus peri peri chicken, con niveles de picor que uno puede regular y preparados con pollos certificados de granjas ambientalmente sustentables.

Mientras esperaba la comida, luego de sumar y sumar datos entretenidos en unas pocas cuadras entre las estaciones del Overground Dalston Junction y Dalston Kingsland, parecía claro que Dalston estaba más que encaminado a ser el nuevo Shoreditch. Que de hecho, ya era en plenitud el barrio del momento. Y, por eso mismo, también empezaba a dejar de serlo.

¿Y entonces qué?

EL FUTURO
En la revista Vice se habían hecho la misma pregunta que tenía ahora. ¿Cuál era el siguiente Dalston, o el próximo barrio de moda en Londres? De las varias propuestas había una que coincidía con un nombre que había escuchado primero en el Dalston Eastern Curve Garden (una de las chicas que se balanceaba al ritmo de los tambores me había dicho que ese era el lugar al que estaban migrando muchos artistas en busca de departamentos grandes a precios bajos), y que luego había visto en un panfleto fotocopiado, abandonado entre los yogures orgánicos de HarvestE8.

El volante decía: “Protejan las vistas desde las azoteas de Peckham. Firmen la solicitud…” y luego agregaba una dirección web.

Así que ahí estaba, en la estación London Bridge, esperando uno de los trenes del National Rail de camino a la estación Peckham Rye. Media hora más tarde -en un viaje que se sentía como si de Providencia partiera a San Bernardo- salía de la estación en Rye Lane, una avenida de doble vía, repleta de comercio.

Sin mucha más información (como buen sitio nuevo, los datos todavía escasean), hice lo que hay que hacer en estos casos: vagabundear.

Podía entenderse por qué algunos medios creen que este lugar del distrito de Southwark podría repetir la historia de Dalston. En Peckham se respira una vitalidad y un ritmo popular que la sofisticada ciudad londinense debe haber dejado de vivir hace décadas. Hay mercaditos callejeros, tres tiendas de “todo por una libra” en la misma cuadra, locales improvisados donde reparar o desbloquear teléfonos, centros de llamados y algunas cocinerías.

Alguna vez en Peckham se desarrolló un programa pionero de vivienda sociales que hacia mediados del siglo XX había derivado en una zona residencial deprimida, llena de conflictos sociales y pandillas, que llegó a considerarse una de las peores barriadas del continente. La historia no suena bien, pero el barrio se ve mejor que eso. No muy ondero, pero normal, con casas centenarias y algunos pubs típicamente londinenses, aunque sin turistas dentro.

Cuando ya estaba listo para salir de ahí, con la sensación del tiempo perdido (el lugar era solo… simpático), llegó el golpe de suerte.

Por la misma Rye Lane, al otro lado del paso bajo nivel de la estación, una pequeña puerta apenas se hacía notar. Tenía un cartel negro con letras blancas y modernas que decía: “Copeland Park & amp; Bussey Building”. La puerta daba a un estrecho corredor que se abría a otro corredor, esta vez al aire libre. Y había chicas tatuadas y chicos barbados, como si fuera una escena de la serie Portlandia, que se cruzaban con familias comunes y se perdían tras algunas de las puertas de metal que daban a amplios galpones donde funcionaban galerías, talleres de arte, oficinas comunitarias.

Había varios murales notables. Un temible pájaro gigante sobre huesos monstruosos al inicio del pasaje, como vigilando. La cara de un niño africano llamado Okiki que cubría toda la pared de un viejo galpón coronado por una larga y estrecha chimenea, pieza firmada por el artista cubano-estadounidense Jorge Rodríguez-Gerada y creada con ayuda de Global Street Art in London.

Había un taller de reparación de bicicletas antiguas y un gimnasio, que en realidad era un galpón con varios arneses colgados del techo, colchonetas y espacios libres donde cada uno parecía hacer lo que quería.

Esa noche se inauguraría un nuevo bar, había un restaurante italiano que preparaba las mesas y The Nines, un bar en un galpón con buena barra y gente con apariencia cuidadosamente descuidada, estaba bastante concurrido.

Entibiado con el trago de la casa, volví a Rye Lane y a pocos metros encontré otra galería, estrecha y sin señas, que tenía carteles como Yam Records y Vintage Shops. Casi al final del pasaje, más allá de un grupo de jamaiquinos que jugaba dominó y se reían tan fuerte que opacaban al reggae a todo volumen que oían, estaban esta disquería y esta tienda: dos locales pequeños, sin ornamentos, con los discos puestos en cajas de madera y la ropa en colgadores simples.

No era un gran despliegue de diseño, pero tenía sus detalles. Era una propuesta alternativa. Un lugar diferente. Al final del pasillo, otra vez encontré los panfletos que pedían proteger las vistas desde las terrazas de los viejos edificios del barrio, y ahora sí cobraban sentido.

Le mostré uno a una chica con camisa escocesa amarrada a la cintura, el pelo amarillento tomado en una cola de caballo y rapado en los costados, y piercing en la nariz, y miró con cierto fastidio. “Esto no va a ser Shoreditch”, dijo secamente, como si ya hubiese visto a demasiados tipos como yo. Coordenadas de barrio:
FARM:shop: 20 Dalston Lane.
Eastern Curve Garden: 13 Dalston Lane.
The Print House Gallery, Dalston Roof Park y Cafe Oto: 18-22 Ashwin Street, Dalston.
HarvestE8: 130-132 Kingsland High Street, Dalston.
Dalston Superstore: 117 Kingsland High Street, Dalston.
Beyond Retro: 92-100 Stoke Newington Road, Dalston.
Rio Cinema: 107 Kingsland High Street, Dalston.
Nando’s: 147 Kingsland High Street, Dalston.
Bussey Building y The Nines: 133 Copeland Road, Peckham